18 6 / 2012

Los botones del ascensor.

Diez pisos, dos subsuelos, una terraza. Dos ascensores, cada uno con un espacio de uno-cincuenta por uno-cincuenta. En cada ascensor: diez botones con números; uno para abrir la puerta, otro para cerrar la puerta; uno con una T de terraza; uno con S de subsuelo, otro con S2 de subsuelo 2; una campanita y un interruptor de luz.

Es ahí donde fijo la vista, en el interruptor de la luz. Si no miro ahí, tendría que mirarle la cara a quien se suba conmigo. O al espejo. No me gusta ese espejo. Sabe cosas.

Siempre veo a lo lejos gente que entra por la puerta del edificio y los botones que sirven para mantener la puerta abierta me son ajenos, no los entiendo, siempre temo apretar el equivocado. Tampoco sé dónde está el sensor, no quiero perder una pierna para mantener la puerta abierta.

Te veo, te apurás. Dejás de apurarte. Te apurás de nuevo. Te veo sin que me veas mirarte y justo a tiempo muevo la trayectoria visual hacia el interruptor. El fiel interruptor. No me pide nada a cambio. No me cuestiona.

Pensé haber calculado mejor el tiempo. Pensé que ibas a subirte a otro ascensor, a otra hora y apretar el mismo botón pero en otro momento. Antes o después pero no al mismo tiempo. Cuando vos te subiste, el borde rojo del 9 ya estaba encendido, lo había apretado yo. En el primer intento no marcó, en el segundo, sí.

Yo miraba el interruptor.

Vos. Hola.

Yo. Ah, hola.

El interruptor de repente ya no me resulta suficiente y empiezo a jugar con los otros botones. Aprieto el 10 y el 11. Sonrío, sé que es una pavada pero no había nadie más en ese ascensor que juzgara mi pequeño juego. El mundo seguía su curso aún si yo le hacía perder unos segundos con las paradas que nadie pidió. Te percibo sonreír, sabés que estoy jugando. Sabés cómo soy.

 Vos. Frío, no? Hace un frío, me tuve que comprar estos guantes, si no me muero.

Yo. Uh, bajón.

 Vuelvo al interruptor, pasé de disfrutar la niñada de marcar pisos extra a acordarme que no nos despertamos juntos. Quiero que llegue más gente pero a esa hora nadie más sube. Quiero que el interruptor interrumpa esta escena.

Te siento intentar respirar mi perfume, estamos cerca. Hay lugar para los dos y para otros dos y para otros dos más. Vos te parás a mi lado como si esos otros dos y los otros dos más que hipotéticamente entrarían en el ascensor estuvieran ahí y no hubiera elección. Pero no hay nadie más en ese metro-cincuenta por metro-cincuenta y es ridícula nuestra posición.

Me gusta saberte cerca.

Miro el interruptor y a mi cabeza vuelven los pensamientos negativos pero reales. No te despertaste conmigo porque te despertaste con quien elegiste.

Me sentís tensa. Lo sé. No podés viajar en silencio los pisos que quedan.

Vos. Fui al cine.

Yo. Qué viste? No me importa qué viste, pienso.

Vos. Una de Flinflunken, alemana, en el cineclub.

Yo. Linda? Miro los botones, ya sé cómo se escribe 9 en braille.

Vos. Sí, qué se yo, esperaba otra cosa.

Yo. Pasa a veces.

Hablamos unos segundos más sobre cosas triviales y con la normalidad fingida que nos caracteriza hace un tiempo. Hablamos como personas que nunca se vieron desnudas y mucho menos llorar.

Mi cabeza había empezado a cantar, ya no quería ser parte de esta conversación. Quería haber calculado bien el tiempo y no tener que forzarme una canción en la cabeza para callar los te amo que tenía atravesados y sin gritar.

Llegó el 9 y salís primero. Amago para salir pero me quedo adentro. Aprieto rápido el botón y acierto. Cerrar puerta.

Vos. No bajás? Me decís mientras se cierra la puerta y me mirás con sorpresa.

Yo. No, no voy a bajar. Si no vuelo no me sirve. Te dije ya sin poder contener mi puchero afinado en re.

Quedaste mirando. Se cerró la puerta. Apreté planta baja pero tuve que esperar que primero pare en el 10 y en el 11.

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